Fenómenos climáticos extremos, crisis de vivienda, precios elevados de la energía. Una crisis tras otra no es casualidad: es el sistema. ¿Y qué podemos hacer de otra forma en un sistema que no funciona? Lo primero es pensar también de otra manera. Pero lo siguiente, sin duda, es actuar diferente. El neerlandés Hans Stegeman, economista jefe de Triodos Bank, forma parte de una vanguardia intelectual que amplía los horizontes de la economía tal y como la conocemos. Lo que lo diferencia de otros pensadores e investigadores es que su posición en el sistema financiero le permite ir más allá de las ideas. De la misma forma que quienes innovan transforman la economía con sus experimentos, Hans intenta generar cambios desde las finanzas: “Nunca quise trabajar en el sistema financiero, pero ahí está el poder”, asegura en una entrevista en el marco del evento “Barcelona 4 impact”.
“Esto no es una crisis” es el título de su último libro, publicado en neerlandés en los Países Bajos. Formado en Filosofía y Economía, Stegeman cuestiona el paradigma económico actual desde sus cimientos, desde la concepción del ser humano utilitarista sobre la que se ha construido buena parte del relato de la economía ortodoxa. Advierte que uno de los grandes desafíos es lograr que más personas se sientan partícipes de la transición ecológica. De lo contrario, se percibirá, como ya ocurre, como “un proyecto de élite” y, según Stegeman, “sin duda fracasará”.
Cuando la destrucción por el clima extremo cuenta como crecimiento
Las recientes inundaciones en Valencia y Cataluña o el deslizamiento de tierras en Santiago de Chile dejaron daños materiales que pueden cuantificarse económicamente. Pero Stegeman recuerda que las consecuencias más graves no siempre tienen un precio. “La gente y los animales mueren, los bosques se queman. Y eso lo olvidamos”, afirma.
A la destrucción de la naturaleza se suman “los efectos inmediatos, como la inflación por el encarecimiento de los alimentos debido a las sequías; los problemas logísticos y una pérdida de productividad que es menos visible en las estadísticas”, dice Stegeman. El calor extremo, añade, dificulta el descanso, los traslados y reduce las horas en las que se pueden trabajar al aire libre El impacto depende de lo acostumbrado que esté el país al calor.
Pero hay una contradicción en la forma en que medimos estos daños porque parte del dinero destinado a repararlos cuenta como crecimiento. “Si tienes mucha destrucción, tienes que reconstruir, y es más caro”, argumenta el economista. Esta reconstrucción, explica, “supone un segundo coste que se cuenta como crecimiento económico”. Tras un incendio, por ejemplo, las horas extras de quienes los extinguen (o lo intentan), la compra de materiales y las reparaciones contribuyen al PIB. “Mucho de lo que contamos como crecimiento económico es daño, restauración o adaptación. No mejora nuestras vidas”, remarca Stegeman. Aunque “los titulares de la economía parecen lo mismo, lo que significa para la gente es completamente diferente”. “Hay este tipo de efecto perverso en el concepto de crecimiento económico”, subraya. Porque podemos crecer sin progresar.
Hablar el lenguaje del sistema para ponerlo en evidencia
Los modelos que empleamos para describir y entender la economía, por limitados que sean, también pueden servir para ponerlos en cuestión. En Hot Summer Economics, un informe elaborado por Stegeman y otras personas del equipo de economistas de Triodos Bank, se estima que las temperaturas extremas y las sequías del verano de 2026 podrían recortar alrededor del 1 % del PIB europeo, una magnitud comparable al crecimiento previsto. El cálculo captó la atención de los medios y políticos. “Lo esencial es hablar en el lenguaje de la disciplina económica convencional y también de la política”, dice Stegeman.
No obstante, advierte que las estadísticas también pueden esconder parte del problema. ¿Por qué? Si tenemos temperaturas extremas similares dos años consecutivos, el segundo puede provocar las mismas pérdidas económicas, pero sin que se reflejen en una caída nueva de la tasa de crecimiento. El daño persiste, pero deja de aparecer como un retroceso porque el punto de partida es la comparación. “Ahí ya no conseguimos los titulares”, admite el economista.
La obsesión por el crecimiento agrava el problema
Aunque se sabe lo que ocurre, se adoptan políticas que agravan el problema. “Esta es la historia en Europa. Conocemos el problema del cambio climático, sabemos que las emisiones de carbono son malas, pero necesitamos hacer crecer la economía. Así que la regulación se ve como un problema”, señala Stegeman. Para el experto, ésta es la lógica detrás de algunas propuestas de la Comisión Europea para relajar las exigencias medioambientales con el objetivo de mejorar la competitividad. “Es lo que llamamos el Doom Loop (círculo vicioso). Tenemos clima extremo, daña nuestra economía, y pensamos que deberíamos tener más crecimiento y empresas competitivas. Y así empeoramos el problema”, resume.

La alternativa es conocida, pero continúa sin ser una prioridad: “La gente tiende a olvidar muy pronto que este clima extremo no es una excepción, es el cambio climático, y deberíamos adaptarnos a la nueva situación estructural”, remarca. “Pero en los planes de muchos gobiernos no hay cambio estructural ni adaptación de las infraestructuras, de la vivienda, etc. Y deberían hacerlo para asegurarse de que nuestra economía es más resiliente frente a futuros shocks. Deberían invertir y mitigar. Y eso no es lo que pasa”, insiste.
Las reglas que nos obligan a crecer (y que podemos cambiar)
¿Por qué cuesta tanto cambiar de rumbo? Stegeman apunta a los intereses económicos y a los tiempos de la política. “Hay otra agenda, y esa es quizá la tragedia de la crisis ecológica, que va demasiado lenta”, afirma. Las empresas europeas, que ven la competencia de Estados Unidos y China, necesitan obtener beneficios y responder a sus accionistas. Y esa presión llega a quienes toman las decisiones. “Si vas a Bruselas, la incidencia no viene de las ONG que la hacen por el clima. Es sobre todo de la industria fósil o el sector agrícola”, señala.
A eso se le suma el interés electoral a corto plazo: “Para los políticos es más fácil decir que necesitamos empleo para la gente, vivienda, y cosas de disfrute de inmediato, y prometer eso, que decir que hay que combatir el cambio climático. Tampoco en España, ni siquiera cuando hay fenómenos meteorológicos extremos. Así que siempre es el corto plazo frente a largo plazo, y son intereses que hacen mucho lobby”, apunta.
Pero hay todavía algo más profundo. Hemos organizado la economía de tal manera que depende del crecimiento. Los gobiernos dependen del crecimiento para aumentar sus ingresos fiscales, las personas trabajadoras para mantener el empleo y que mejoren sus salarios, las empresas para sostener sus beneficios y el sistema financiero busca rentabilidad. “Pero eso no es una ley de la naturaleza, así es diseñamos la economía”, remarca Stegeman. Y ahí se abre la oportunidad de cambiar las reglas.
“Si se sigue con un sistema que sólo está impulsado por los beneficios y el crecimiento, nunca se hará lo que se necesita para crear una economía resiliente. Los procesos económicos no están creados para la resiliencia, sino para la eficiencia”, asegura. “En cambio, la resiliencia significa que necesitas tener colchones, ser capaz de adaptarte, y todo eso no es eficiente”, añade. Y advierte de que hacer sólo pequeños ajustes, como hasta ahora, sin cuestionar las reglas del sistema, significa adaptarse parcialmente a un problema que es estructural. “No hay otra solución que empezar a discutir el objetivo de la economía, y ése es el crecimiento”, afirma Stegeman. Para ello, lo primero es aceptar que hay límites ecológicos. “Si se está de acuerdo con eso, el pastel no puede crecer más y hay un problema de distribución”, remarca.
Llevar los límites ecológicos a la economía implica abordar la distribución
Stegeman plantea que podemos llevar esos límites ecológicos a nuestra economía y discutir, por ejemplo, restricciones a los recursos que puede utilizar una empresa o a los beneficios que puede obtener.
“Tenemos que tratar la desigualdad de la riqueza. Y plantearnos preguntas incómodas: ¿aceptamos que la gente sea extremadamente rica o no?”, dice, poniendo como ejemplo el caso del magnate tecnológico Elon Musk. “¿Lo aceptamos como sociedad? Porque también significa que otras personas obtienen menos”.
Otro de los frentes de actuación que propone es el fiscal: “en lugar de gravar solo la renta, deberíamos desplazarnos más hacia la riqueza”, sostiene. Para Stegeman, la redistribución pasa también por “seducir” a la gente con mejores servicios básicos. “En sociedades donde los servicios básicos son mejores y donde la desigualdad de renta es menor, el progreso material es menos importante. Porque la gente tiene una buena vida”, explica.
Cambiar las finanzas para intentar cambiar la economía
Para Stegeman, una de las mayores contradicciones del sistema financiero es que incluso cuando incorpora criterios de sostenibilidad suele hacerlo desde la perspectiva del riesgo, no del impacto positivo en la sociedad o el medioambiente. “Dada la estructura del sistema financiero, no hay incentivo para hacerlo de forma diferente”, asegura.
“Es muy tentador poner el beneficio primero porque así se puede obtener un beneficio mayor. Y los bancos convencionales necesitan obtener una rentabilidad más alta porque prometen a sus accionistas que lo harán”, sostiene Stegeman. De esa forma, la inversión de impacto parte con una desventaja estructural frente a las expectativas de rentabilidad de la inversión convencional.
En Triodos Bank la visión es distinta. “En esencia se trata de valores. En el sistema actual no hay ninguna regla que te impida tomar decisiones diferentes”, subraya. “Empezamos con el impacto en lugar del beneficio. Y claro, tenemos que obtener un beneficio suficiente para pagar los salarios”, explica Stegeman. También se busca reconectar las finanzas con la economía real: “no hacemos dinero por el dinero. No dejamos que el dinero sólo circule en el sistema financiero, lo devolvemos a la economía real”, remarca Stegeman. “Así intentamos hacer el mundo un poquito mejor”.
No obstante, reconoce las dificultades de extender el modelo: “Es un trabajo realmente duro. Después de 46 años, no nos sigue tanta gente”. Aun así, cree que es el camino para “inspirar a la gente, y también a quienes tienen la responsabilidad política”. Así, “pieza a pieza podremos cambiar el sistema”, afirma.
Cuestionar la propiedad privada y explorar otras alternativas
Stegeman cuestiona uno de los grandes tabúes del capitalismo. “La propiedad privada es el santo grial”, asegura. Aunque recuerda que no siempre ha sido así a lo largo de la historia. “La propiedad privada es una de las cosas centrales que debería cambiar”, subraya. Por eso, propone ir más allá de los modelos tradicionales y financiar cooperativas, viviendas colaborativas y empresas con otras formas de propiedad.
Entre sus propuestas alternativas, Stegeman defiende también el desarrollo del euro digital y cree que Europa necesita por razones estratégicas: “necesitamos tener una alternativa digital a las “stablecoins” (criptomonedas estables) que vienen de Estados Unidos y China”, explica. Además, defiende la llamada “orientación de crédito”, es decir, utilizar las condiciones de financiación para favorecer algunas actividades. Así, “mediante un tipo de interés verde” se pueden abaratar los proyectos con impacto positivo, mientras las actividades perjudiciales para el planeta afrontan costes mayores. Stegeman, no obstante, reconoce que “incorporar este debate en la agenda política llevará cinco o diez años”.

Pero lo fundamental, advierte Stegeman, es que la transición ecológica sea socialmente inclusiva: “la gente debería experimentar, pero también sentir, que se la incluye y que se la cuida, porque si no se vuelve otra vez a lo tecnocrático, a proyectos de élite, y eso fracasará sin duda. Y creo que eso es lo que hemos visto durante los últimos diez años”, sostiene.
Disputar el poder
Stegeman sabe que estas alternativas se enfrentan a intereses poderosos. Advierte de que vivimos en una fase de “hipercapitalismo” en el que las grandes empresas, incluidas las tecnológicas, acumulan una influencia creciente que “erosiona los Estados nación y la democracia”, afirma.
Pero también recuerda que esa concentración de poder no es inevitable. Incluso en Estados Unidos se han puesto límites a las corporaciones en el pasado. El peligro, para Stegeman, es asumir que no se puede cambiar. Y el problema, apuntala, es que dejamos de reconocer los juicios de valor sobre los que se sostiene el sistema económico y los aceptamos como si leyes naturales. “Y si miramos atrás en la historia, siempre ha sido una lucha de poder”, subraya.
Esa convicción explica su trayectoria. Tras pasar por un sindicato, la administración pública y otras entidades financieras, Stegeman encontró en Triodos Bank el lugar desde el que intervenir con una de sus principales palancas, las finanzas. “Me encanta trabajar aquí, intentamos mostrar que se pueden tomar decisiones diferentes”, afirma.
Aunque es consciente de que una sola entidad no transformará el sistema, él aspira a “cambiar el mundo en pedacitos diminutos, diminutos”.

¡Muchas gracias por tu comentario!
Por favor, confirma tu comentario haciendo clic en el enlace del e-mail que has recibido.