Linares lleva doce años al frente de la Fundación Purísima Concepción, una entidad con más de seis décadas de experiencia en el acompañamiento a personas con discapacidad intelectual y en situación de dependencia en Granada. Aprendió la diferencia entre cuidar e integrar, algo que como sociedad no terminamos de comprender. "Cuidar es hacer una actuación concreta para alguien", explica. Pero “integrar es escuchar a la persona, entender su proyecto vital y poner los apoyos necesarios para que pueda desarrollarlo”. La diferencia parece sutil, pero no lo es. Y Linares no se cansa de hacer pedagogía. Aprovecha cada oportunidad que tiene -lo hizo recientemente en los “Desayunos con Impacto” organizados por Triodos Bank en su ciudad - para subrayar que invertir en la integración de las personas con discapacidad y dependencia es, en el fondo, invertir en una sociedad mejor.  

Antonio Linares
Antonio Linares, director de la Fundación Purísima Concepción. Foto: Gabriel Pecot, JUT Media

“Todos conocemos a alguien con discapacidad, diversidad funcional o en situación de dependencia. Un familiar, una persona del barrio, alguien del trabajo. Y todas las personas, tarde o temprano, podríamos ocupar también ese lugar”, señala Linares en diálogo con esta revista. Sin embargo, todavía tratamos esas realidades como algo ajeno. “Como si fueran un problema que no es nuestro, delegable en las fundaciones o la administración”, añade.  

Integrar, para Linares, no puede ser tarea de unas pocas personas. “Va también del vecindario, del barrio, de los comercios, incluso de las entidades bancarias". Crear una red social de apoyos es fundamental, y todavía estamos lejos eso.  

Y no es que no se haya avanzado. Linares reconoce que en los últimos años la administración ha mejorado sensiblemente la capacidad de plazas, la tipología de recursos y la financiación, aunque, “nunca llega a ser suficiente”. La cuestión es, precisamente, que ese esfuerzo ha dado sus frutos y las personas con discapacidad conocen ahora sus derechos y quieren ejercerlos.  

“El ochenta por ciento de las personas usuarias de nuestra residencia quiere irse a vivir a un piso. Quienes ya viven en pisos quieren un trabajo. Y quien tiene trabajo quiere crecer, participar, ir al cine, acudir a una consulta médica de forma autónoma, sin perderse entre formularios y burocracia”, enumera. "Ya no se trata de asistir, se trata de acompañar a ejercer los derechos que ya saben que tienen. Y eso lo tenemos que hacer con la contribución de muchas partes”, subraya.  

La Fundación Purísima Concepción construye, eslabón por eslabón, una cadena de contención. Lo que empezó como un colegio de educación especial y una residencia para niñas, es hoy una red de veinticuatro centros, entre ellos colegios, residencias, centros de día, - el último y más moderno financiado por Triodos Bank -, pisos tutelados y centros ocupacionales que permiten acompañar a unas mil familias de forma directa en Granada.  

Más allá de lo que significa la existencia de esta estructura para la vida de tantas familias, Linares destaca el impacto que tiene el modelo cuando se basa en la escucha y en una relación abierta y de integración con la comunidad.  

Con ese objetivo, la fundación ha creado “InRed”, un programa que permite a las familias pedir apoyos concretos para la vida cotidiana. Desde aprender a ir al supermercado, sacar el carné de conducir o ir al cine a hacer algún deporte u otra actividad cultural. “Escuchamos lo que quieren y ponemos los recursos para que lo hagan, como sucede en la vida de cualquier persona”, explica Linares.  

Esa misma lógica de apoyos rige en el ámbito laboral. Aunque existen iniciativas y normativas para que la administración pública contrate, la integración todavía encuentra resistencias, sobre todo cuando se trata de discapacidad intelectual. Por eso, la fundación cuenta con un centro especial de empleo con una plantilla de unas 100 personas que brindan servicios de limpieza, jardinería, lavandería, etc. Linares pone como caso de éxito la lavandería industrial, donde trabajan dos personas con discapacidad auditiva que manejan secadoras que hacen un ruido tremendo y dan apoyo al sector de plancha. “Están super felices ahí. Se ha creado un equipo muy lindo”, cuenta Lineares. El negocio ha crecido y ya están a la búsqueda de un local más grande.  

El proyecto más ambicioso es quizás el “punto limpio” de reciclaje de objetos del hogar del Ayuntamiento de Granada que la fundación ganó mediante una licitación pública. Allí trabajan doce personas con discapacidad intelectual que gestionan la entrada, clasificación y atención al público. También cuentan con el apoyo de personas del centro especial de empleo. “¿Qué hemos descubierto? Que cuando se juntan equipos de distintas capacidades, se multiplican. Entienden las debilidades de la otra persona y se apoyan, se cuidan”, subraya Linares.  

Trabajar con personas con discapacidad o dependencia tiene otro tipo de retorno que no se mide en términos estrictamente económicos. El propio Linares lo vive en primera persona. “Cuando ayudas a una persona a salir adelante, te enriquece también a ti. Y eso es lo más gratificante que se le puede pedir a un trabajo”.  

La fundación también marca el camino a través de la innovación. Su modelo educativo CERA (Centro Especializado de Referencia y Apoyo) -reconocido con el Premio Princesa de Girona- fue presentado en el Senado en abril de 2026 como una de las bases para una reforma educativa nacional. Propone que los centros con mayor especialización en discapacidad sirvan de referencia al resto de la red educativa, y que el alumnado reciba una respuesta adecuada en cualquier colegio. Integración en toda regla.   

El reto respecto a la integración de las personas vulnerables es enorme, y no se limita a la discapacidad. La dependencia es el “gran elefante en la habitación” al que la sociedad española no se atreve a mirar.  Hoy, el 20 % de la población ya tiene más de 65 años y en 2025 el país registró el mayor nivel de envejecimiento de su historia, con un 148 % -es decir, 148 mayores de 64 años por cada 100 menores de 16 años-. Esta pirámide invertida representa un desafío social. Según datos del Gobierno de España, las prestaciones de proximidad y cuidados comunitarios dentro del sistema de dependencia ya representan cerca del 60 % del total, en un máximo histórico de cobertura y atención. 

 "Al final todas las personas vamos a pasar por ese proceso", dice Linares.  Y la solución no está en construir más residencias, sino en reforzar los apoyos en el domicilio para que se pueda vivir en un entorno familiar el mayor tiempo posible. “Hay que reflexionar como sociedad sobre cómo repartimos los recursos que tenemos para un desafío que va a ser gigantesco”, advierte.  

Frente a este panorama incierto, Linares ve una oportunidad en el cambio tecnológico y la inteligencia artificial. "Estamos justo en ese trampolín", afirma. 

“La tecnología puede ser una herramienta que, bien usada, sirva para hacer lo que hoy hacen las grandes estructuras y para llevar apoyo directamente a las personas en sus casas”, añade. “Sería muchísimo más barato”, enfatiza. Eso sí, advierte de que “lo que no podemos permitir es que las personas más vulnerables queden fuera de ese cambio”.  

Pero para llegar a ese futuro hace falta algo que la tecnología no es capaz de brindar, la empatía. “Al final tenemos que mirar alrededor y darnos cuenta de que estamos en el mismo barco. La sociedad va a cambiar, pero tenemos que cambiar individualmente también”, señala Linares. Del recorrido hecho, el director de la Fundación Purísima Concepción ha aprendido que su papel es sensibilizar, contar, y también decir lo que piensa. Pero, sobre todas las cosas, imaginar una utopía hacia donde podamos caminar, la de una sociedad que no deje a nadie fuera.